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Memorias de adriano

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Memorias de Ariano
Marguerite Yourcenar
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Aporte de nuestros lectores al final


Memorias de Adriano (Mémoires d'Hadrien)
Marguerite Yourcenar, 1951


La novela narra la vida y la muerte del emperador Adriano y está escrita en forma de epístolas que el propio Adriano escribe a su primo y sucesor Marco Aurelio. En sus cartas el emperador hace memoria de sus triunfos, sus éxitos militares y políticos y reflexiona acerca del arte y del amor. Se engloba por tanto dentro de un subgénero dentro de la novela histórica conocido como “falsas memorias”.

Al margen de que el retrato psicológico de Adriano sea en mayor o menor medida invención de la propia autora, la minuciosidad y precisión con que realiza dicho retrato, las reflexiones sobre la vida, la belleza, el arte o la muerte, y el buen hacer con que está escrita convierten a la obra en una de las novelas históricas imprescindibles para los amantes del género. La traducción al castellano la realizó con gran maestría Julio Cortázar.

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Marguerite Yourcenar

(Marguerite de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, Estados Unidos, 1987) Escritora francesa de origen belga. Huérfana de madre desde su nacimiento, fue llevada muy pronto a Francia por el padre (natural de Lille), quien, tras proporcionarle una educación bastante esmerada, la llevó siempre con él en el curso de su cosmopolita existencia, comunicándole su amor por los viajes. Cursó estudios universitarios, especializándose en cultura clásica, y empezó a publicar diez años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aunque con escaso éxito.
De esta primera época son novelas como
Alexis o el tratado del inútil combate (1928), que comenzó a despertar el interés de la crítica; obra en la línea de un André Gide, es una lúcida y desinhibida vivisección de un fracaso existencial. Le siguieron La Nouvelle Eurydice (1929), menos tensa e inspirada que la anterior; Denier du rêve (1934), historia de un atentado fracasado contra Mussolini en el que la violencia política ocupa el primer plano; y la colección de tres cuentos titulada La mort conduit l'attelafe (1934).
Sus largas estancias en Grecia dieron origen a una serie de ensayos reunidos en Viaje a Grecia y llevaron a su maduración la idea originaria de Fuegos (1936), una obra esencialmente lírica compuesta de relatos míticos y legendarios. La misma dimensión mítica se deja traslucir en su colección de Cuentos orientales, publicada en 1938. El año siguiente aparece El tiro de gracia, basada en un hecho real, una historia de amor y de muerte en un país devastado durante las luchas antibolcheviques. Son importantes también varios ensayos, como Pindare (1932, sobre el poeta griego Píndaro) y Les songes et les sorts (1938).
En 1939, la guerra sorprendió a Yourcenar en Estados Unidos; la autora decidió fijar su residencia en Maine, dedicándose en un principio a la enseñanza y adquiriendo la nacionalidad norteamericana en 1948. Llevó a cabo también en este período una serie de refinadas traducciones de textos de diversa naturaleza: obras de
Virginia Woolf, Henry James y Constantino Cavafis y la antología de poesía griega antigua La couronne et la lyre.
Su fama como novelista se debe a dos grandes novelas históricas que tendrían gran resonancia. La primera es Memorias de Adriano (1951), reconstrucción histórica realizada con gran celo documental de la vida de Adriano, el más ilustrado de los emperadores romanos. Escrita a modo de carta dirigida como testamento espiritual a su sucesor designado, es una meditación del hombre sobre sí mismo, e ilustra el único remedio posible a la angustia de la muerte: la voluntad de vivir conscientemente, asumiendo el deber principal del hombre que es el perfeccionamiento interior. La otra fue Opus nigrum (1965), obra fruto de cuidadosas investigaciones que gira en torno a la figura del médico, alquimista y filósofo Zenón, intelectual enfrentado a los problemas del conocimiento.
Marguerite Yourcenar publicó también el ensayo A beneficio de inventario (siete estudios sobre Agripa d'Aubigné, Giovanni Battista Piranesi, Selma Lagerlöf, Constantino Cavafis, Thomas Mann, etc.) y diversas obras teatrales como Electre ou la chute des masques (1954), Le mystère d'Alceste (1963) y el volumen de 1971 que comprende Dar al César, Le petite Sirène y Le dialogue dans le marécase. En 1974 publicó su autobiografía en dos volúmenes: Recordatorios y Archivos del Norte, frescos histórico-narrativos sobre su propia familia. En 1980 fue la primera mujer en ser elegida miembro de la Academia Francesa.
En el curso de un viaje a África llevó a término la redacción de los tres relatos que componen Como el agua que fluye (1982), y el ensayo Mishima o la visión del vacío (1981), fruto de la larga frecuentación de la obra del gran escritor japonés Yukio Mishima. En 1982 vio la luz Con los ojos abiertos, libro de conversaciones con Matthieu Galey que constituye una reveladora autobiografía.

Aportes de nuestro lectores


Angela Cárdenas:
“único en la Antigüedad, de supervivencia y de multiplicación en la piedra de un rostro que no fue ni el de un hombre de Estado ni el de un filósofo, sino simplemente el de alguien que fue amado. Entre estas imágenes, las dos más hermosas son las menos conocidas: son también las únicas que llevan el nombre de un escultor. Una es el bajorrelieve firmado por Antoniano de Afrodisias”

Pasaje de
Memorias de Adriano
Marguerite Yourcenar
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“la blancura del mármol ha desaparecido momentáneamente bajo manchas terrosas; faltan tres dedos de la mano izquierda. Así sufren los dioses la locura de los hombres.”

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Memorias de Adriano
Marguerite Yourcenar
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Aporte de Ramiro Isaza
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Aporte Ana Piedad Jaramillo
Marguerite Yourcenar: Peregrina y extranjera (fragmento del capítulo: "Cuadernos de notas, 1942-1948").

«Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que éste o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que éste o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión de ellos, mucho por compasión de nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y mediocremente».

Aporte Pacho Echavarria, Adriano príncipe o villano?
https://youtu.be/db9WtceldLk